Ya comenzamos el año, pero ¿queremos cambiar?

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La experiencia de Adán y Eva fue, sin duda, terrible. Con Dios no se juega. Todo lo tenían, menos un árbol: el de la ciencia del bien y de mal.

Pero el tentador, también poseedor de todo, salido de la nada con  el encargo de alabar y dar gracias a su Creador por tanto bien recibido, quiso equipararse a Dios y le desafió. Quedó sin nada, reducido a ser pura soberbia y traición por toda la eternidad.

Y el tentador se presenta así delante de nuestros primeros padres, ofreciéndoles ser dioses --un pensamiento que le roería el alma para siempre--, lo que a él le hubiera gustado alcanzar, pero se quedó encallado en la más absoluta de las soledades, en su  ambición, sin nada. Esa era la oferta diabólica hecha a la primera pareja humana. 

Si consentían en comer el fruto del árbol prohibido renegarían de su propia naturaleza y, según la propuesta, serían  como dioses.

Pasar toda la  eternidad sin el amor debido a Dios. Al consentir comer del fruto prohibido, su naturaleza quedaba herida de muerte y en manos de Satanás, con el agravante de pasar ese estado a cuantos vinieran después.

Pero Dios, dejándose llevar por lo que era, puro amor, decide redimir al hombre haciéndose hombre, dando a vida por él. Eso es la Navidad y el curso de su vida hasta su Pasión y  resurrección.

Comenzar un nuevo año es la oportunidad de volcarse en desagraviar dejándose llevar por el amor. Con los pies de barro, pero amando con locura a ese Jesús, Dios, que quiso perdonar a ese hombre dándole su gracia para fortalecerle con los dones de ciencia  y sabiduría su andadura terrena.

Sólo necesitamos de esa gracia para querer cambiar el rumbo caminando por la senda que nos conduce al fin propio para el que fuimos creados, apartando de sí a ese maldito ser que nos ronda "como león rugiente", según nos cuenta san Pedro.

Vale la pena, vale la pena querer seguir esa senda del amor, cueste lo que costare.


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