No se puede jugar con la muerte

Ahora se puede ver y leer de todo en las redes. Basta con asomarse a la pantalla de un teléfono o a la de una computadora para descubrir un mundo de asuntos controvertidos cuya realidad no se aprecia con la información (?) disponible. 

La muerte no es el fin, sino el principio de una nueva vida. Una vida miserable, si no se cree en ella, como un estado de horror inacabable, lleno de odio y sufrimiento, la falta de arrepentimiento no cesa y restriega sin parar el alma de quienes allí se retuercen viéndose unos a otros en medio de la oscuridad más absoluta y de un hedor asfixiante que lo llena todo ante la presencia continua de Satanás y donde Dios se oculta.

La otra vida se alimenta de la misericordia divina donde por fin se ven cumplidos cada uno de los infinitos dones según le corresponden a cada uno, en medio de una alegría infinita al ver en el interior de Dios mismo el caudal de gracias derramada y siempre nuevas donde se agradece ese estado de misericordia sin límites junto a toda la plenitud y variedad de ángeles y de santos cantando las maravillas del Señor.

La ruina viene del no creer, de haberse jactado en la tierra de un falso señorío capaz de conseguirlo todo aunque sea por las malas y de considerar al próximo como un don nadie.

Cuesta creer en un más allá en donde la felicidad o la angustia espera a cada uno de los mortales. Por esta razón no se puede jugar con la muerte. 

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