A vueltas con la palabra y la familia.
La relación de la palabra con la persona es única. Sólo las personas pueden hablar. Pero lo más interesante de esta relación es descubrir su vinculación con la familia. Se requiere de la presencia de una familia par poder proferir una palabra. Una persona en solitario jamás podría hablar: primero, porque de nadie podría aprender a hacerlo; segundo, porque nadie habría para escuchar. Vemos entonces cómo la palabra tiene un sentido social. Esto es verdad incluso en el ámbito divino. Dios es familia. Cuando hablamos de Dios hablamos de un ser personal, donde se distinguen tres personas aunque en un único ser.
Además se requiere de realidad. Si no hubiese cosas, no se podría hablar, pues nada habría a qué referirse. La palabra se refiere a las cosas. De nuevo, el el orden divino, la realidad como la conocemos no era, pero si eran las tres personas desde siempre cuyas inteligencias la habían concebido. Por eso, la "palabra" es lo más antiguo.
Podríamos echar una mirada a los animales. Tienen la misma realidad enfrente que las personas; viven en grupos o rebaños: pero no hablan. Quizá porque esa formación agregada no es familia. Emiten sonidos, voces, pero no palabras. Les falta darles sentido a las voces, a los sonidos emitidos.
Entonces, hay algo en el ser persona, que permite por un lado, crear palabras; y, por otro, entenderlas. Ese algo apunta a la presencia de un "alma razonable" y de un "principio inmaterial de intelección", según sugiere Etiènne Gilson.
La creación de la palabra es de índole intangible, espiritual. Al asomarse el hombre a la realidad, crea una "imagen conceptual" de lo visto (no sólo una imagen, ni sólo un concepto): la misma para todos, si bien, se produce un signo al que se llama palabra. Pero el lenguaje no es un reflejo de la realidad, ni su representación.
En este proceso creativo, "intemporal", se da primero la palabra interior, que se corresponde con ese otro "verbum cordis" (el primer logos), lo más íntimo al hombre, sin correspondencia alguna con ningún lenguaje. Este inicio, por ejemplo, tiene abundantes confirmaciones en la vida de los místicos y de quienes, a su manera, han cultivado la oración y la meditación. Pero no hace falta ir a esos casos, que bien pudieran parecer apartados de los tratados de lingüística y de filosofía incluso. Es un fenómeno natural, normal, y ocurre en toda persona al principio ante la captación de un algo real. Es una "concepción" que, luego, ayudada de los "signos" forma las palabras habladas y se puede comunicar a quienes son semejantes. Ya volveremos sobre esto más despacio.
Aristóteles pensaba con un argumento circular, que el hombre tenía que hablar para ser hombre. Sin embargo, el hombre profiere la palabra porque es semejanza divina, en donde al principio era la Palabra, según nos cuenta Juan al comenzar su evangelio.
Pero no es la necesidad lo que configura al hombre. Se requiere de entendimiento como causa de la palabra. Es a ése a quien debemos el sentido de los signos. No son los signos los que crean el sentido. Este sería el caso de cualquier referencia a Dios, a quien nadie ha visto. No serían los signos los encargados de darle vida; por el contrario, es este ser el que ha dado la vida porque la tiene en propiedad, y los signos no son sino una de las tantas consecuencias de la vida.
El invertir esta secuencia de la vida a otras manifestaciones, ha llevado al estado actual de tantos pensadores, también del público en general, de un cierto "malestar supremo" ante el curso de los acontecimientos. Nada queda claro, ni en los centros del saber ni en la investigación de los premiados por un Nobel. Los físicos se pronuncian acerca de la vida en los exoplanetas, pero desconocen los límites del universo; y los biólogos desconocen la vida, aunque ella es el objeto principal de su estudio. Hay incertidumbre; se duda de todo. La gente no tiene de dónde agarrarse porque el "relativismo" lo llena todo, hasta lo más íntimo, despojando al hombre de convicciones. Los profesionales han perdido "autoridad" y las grandes cuestiones se quieren resolver en la calle porque no se encuentra una salida a la situación del hombre que ha dejado de lado al autor de la vida. Y es que, se pierde el sentido de la vida, y se aborrece el "silencio" interior donde la palabra se alberga, ese "primer logos", primicia del corazón al contemplar la realidad. Se ha cambiado la "contemplación" por el ruido callejero, y la realidad por un plato de lentejas. La "muerte de Dios" ha traído graves consecuencias para la vida del hombre sobre la tierra.
Entonces, debemos poner en su lugar a la palabra en el decurso de la vida, y así recobrar el sentido de la comunicación.
El sentido de la comunicación
Los lingüistas has creado un orden lógico peculiar con el fin de ajustar la libertad encerrada en cada acto creativo del lenguaje a unos moldes, y así tratar de entender, a partir de esa estructura artificial, lo natural de la palabra. En otras palabras, esa arquitectura no nace de la naturaleza del lenguaje sino del artificio de una especialización de una ciencia.
Hoy, acostumbrados a las grandes obras y demostraciones llamativas, se escapa aquello que, por su sencillez, pasa desapercibido. Este es el caso del "sentido" de la palabra.
Además se requiere de realidad. Si no hubiese cosas, no se podría hablar, pues nada habría a qué referirse. La palabra se refiere a las cosas. De nuevo, el el orden divino, la realidad como la conocemos no era, pero si eran las tres personas desde siempre cuyas inteligencias la habían concebido. Por eso, la "palabra" es lo más antiguo.
Podríamos echar una mirada a los animales. Tienen la misma realidad enfrente que las personas; viven en grupos o rebaños: pero no hablan. Quizá porque esa formación agregada no es familia. Emiten sonidos, voces, pero no palabras. Les falta darles sentido a las voces, a los sonidos emitidos.
Entonces, hay algo en el ser persona, que permite por un lado, crear palabras; y, por otro, entenderlas. Ese algo apunta a la presencia de un "alma razonable" y de un "principio inmaterial de intelección", según sugiere Etiènne Gilson.
La creación de la palabra es de índole intangible, espiritual. Al asomarse el hombre a la realidad, crea una "imagen conceptual" de lo visto (no sólo una imagen, ni sólo un concepto): la misma para todos, si bien, se produce un signo al que se llama palabra. Pero el lenguaje no es un reflejo de la realidad, ni su representación.
En este proceso creativo, "intemporal", se da primero la palabra interior, que se corresponde con ese otro "verbum cordis" (el primer logos), lo más íntimo al hombre, sin correspondencia alguna con ningún lenguaje. Este inicio, por ejemplo, tiene abundantes confirmaciones en la vida de los místicos y de quienes, a su manera, han cultivado la oración y la meditación. Pero no hace falta ir a esos casos, que bien pudieran parecer apartados de los tratados de lingüística y de filosofía incluso. Es un fenómeno natural, normal, y ocurre en toda persona al principio ante la captación de un algo real. Es una "concepción" que, luego, ayudada de los "signos" forma las palabras habladas y se puede comunicar a quienes son semejantes. Ya volveremos sobre esto más despacio.
Aristóteles pensaba con un argumento circular, que el hombre tenía que hablar para ser hombre. Sin embargo, el hombre profiere la palabra porque es semejanza divina, en donde al principio era la Palabra, según nos cuenta Juan al comenzar su evangelio.
Pero no es la necesidad lo que configura al hombre. Se requiere de entendimiento como causa de la palabra. Es a ése a quien debemos el sentido de los signos. No son los signos los que crean el sentido. Este sería el caso de cualquier referencia a Dios, a quien nadie ha visto. No serían los signos los encargados de darle vida; por el contrario, es este ser el que ha dado la vida porque la tiene en propiedad, y los signos no son sino una de las tantas consecuencias de la vida.
El invertir esta secuencia de la vida a otras manifestaciones, ha llevado al estado actual de tantos pensadores, también del público en general, de un cierto "malestar supremo" ante el curso de los acontecimientos. Nada queda claro, ni en los centros del saber ni en la investigación de los premiados por un Nobel. Los físicos se pronuncian acerca de la vida en los exoplanetas, pero desconocen los límites del universo; y los biólogos desconocen la vida, aunque ella es el objeto principal de su estudio. Hay incertidumbre; se duda de todo. La gente no tiene de dónde agarrarse porque el "relativismo" lo llena todo, hasta lo más íntimo, despojando al hombre de convicciones. Los profesionales han perdido "autoridad" y las grandes cuestiones se quieren resolver en la calle porque no se encuentra una salida a la situación del hombre que ha dejado de lado al autor de la vida. Y es que, se pierde el sentido de la vida, y se aborrece el "silencio" interior donde la palabra se alberga, ese "primer logos", primicia del corazón al contemplar la realidad. Se ha cambiado la "contemplación" por el ruido callejero, y la realidad por un plato de lentejas. La "muerte de Dios" ha traído graves consecuencias para la vida del hombre sobre la tierra.
Entonces, debemos poner en su lugar a la palabra en el decurso de la vida, y así recobrar el sentido de la comunicación.
El sentido de la comunicación
Los lingüistas has creado un orden lógico peculiar con el fin de ajustar la libertad encerrada en cada acto creativo del lenguaje a unos moldes, y así tratar de entender, a partir de esa estructura artificial, lo natural de la palabra. En otras palabras, esa arquitectura no nace de la naturaleza del lenguaje sino del artificio de una especialización de una ciencia.
Hoy, acostumbrados a las grandes obras y demostraciones llamativas, se escapa aquello que, por su sencillez, pasa desapercibido. Este es el caso del "sentido" de la palabra.
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