La verdad, ¿se parece a la razón?
La verdad y la razón han caminado durante muchos juntas. Pero no son lo mismo. En el tener razón se asoma un gesto de fuerza, algo inusitado en el caso de la verdad donde el yo se repliega a una suave invitación a la convivencia.
Mientras la razón se encuentra confiada al coincidir con lo que piensa, la verdad resulta al adecuarse con las cosas reales. Desde luego, no se puede avanzar en la convivencia social si no se establece la verdad ante todo. La paz resultaría de andar en verdad.
Mientras en el caso de la verdad resulta el conocimiento, en el proceso de raciocinio aparece se forja la representación de los propios pensamientos. Ambos procesos son humanos pero la verdad marca un camino a seguir cualesquiera que fuese el campo de estudio y, de alguna manera, se obliga uno a seguirlo. Por el contrario, el lugar de la razón es sinuoso y esconde mil conjeturas vividas, soñadas, deseadas, donde se siembra el deseo más que la realidad.
Mientras el deseo empuja, arrastra a veces, al finas se encuentra uno consigo mismo pero no ayuda a conocerse porque la representación es fruto del propio yo construido en las apariencias donde se asienta uno como en casa...,-- de alquiler. La verdad, sin embargo, muestra el ser, lo que de verdad uno es.
Por tanto, la imagen que resulta de estos procesos se debe analizar para decidir en qué mundo nos estamos moviendo, rodeado de quienes nos pintan como nos gustaría vernos, como ocurre tantas veces en los pasillos de la moda, o bien, nos vemos de verdad, com somos, con los defectos incluidos junto a las virtudes. La ventaja de este último modelo resulta de saber qué debemos quitar con paciencia, de nuestro escenario para ir logrando la presencia de ser un hombre que trabaja al servicio de la verdad.
En definitiva, la verdad en la vida es lo único que importa porque ayuda desterrar las miserias y a encontrar el camino que lleva a felicidad, aunque cueste lo que costare. Aunque sí se puede llegar a tener razón si coincide con la verdad de las cosas.
Confía, porque para Dios no hay imposibles.
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