Vivir en familia

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¿De qué se trata? Se dice pronto, pero se ha olvidado con frecuencia, a juzgar por lo fracasos matrimoniales y las desavenencias  entre padres e hijos, que la familia es un arreglo temporal al que se debe dar cumplimiento. Por ejemplo, tenemos el caso de quienes todo lo pueden, los artistas de cine, y nos cuentan cómo los más famosos se casan hasta ocho y más veces. ¿Cuál es la razón de tanto cambio?

En realidad es un fracaso porque, en el matrimonio, el hombre y la mujer se unen de una vez para siempre. Ahí se esconde la felicidad matrimonial. El fin de esta unión queda claro: hasta que la muerte los separe. Quienes vacilan en este compromiso vital, deberían meditar lo que la Teresa de Ávila, religiosa carmelita del siglo XVI, solía decirse a sí misma cuando la aspereza del camino calaban en la vida de esta santa: "Aunque me canse, aunque no pueda, aunque reviente, aunque me muera".

Ni más, ni menos. Una vez contraído el compromiso de por vida,  la felicidad buscada se encuentra en medio a veces de agudas contrariedades. Pero este camino no se recorre en solitario. Amén de la compañía  entre los esposos, de donde muchas veces surgen las dificultades, tenemos siempre a nuestro lado la certeza de quien nos quiere con todo su corazón, y nos da fuerzas para seguir adelante. Se trata de nuestro padre y amigo. Dios padre, que nos regala a su hijo con el amor del Espíritu Santo. 

Es de ahí de donde sacamos la alegría y la fuerza para seguir adelante en medio de las dificultades de la vida diaria. Conviene, ahora más que nunca, meditar la vida de Jesús, tal como nos la narra el evangelio. En estos días, hoy precisamente, el Señor que es Dios, pasa por todas las infamias posibles, provocadas por quienes lo escucharon y lo siguieron durante su vida en medio de ellos. Mentiras, traiciones, insultos, burlas, golpes, castigos infames, soledad y muerte por nuestros pecados para abrirnos las puertas de su reino.

Caer por nuestra parte en la indiferencia  ante tales ultrajes nos sitúa fuera del círculo del amor que trata de alentarnos con su ejemplo y su gracia a superar las vicisitudes del camino. Se trata de perseverar en el amor para encontrarnos pronto, mucho antes de lo pensado, en su presencia, donde nos preguntará sobre qué tanto amor pusimos en nuestros pasos hacia él. 

La respuesta no puede ser un silencio, cómplice de nuestra falta de correspondencia.  Debe ser por lo menos, como la de san Pedro, cuando el señor le pregunta: Pedro, ¿me amas? No le echa en cara sus negaciones y cobardías cuando lo necesitaba. Le importa el amor, comprobar que sí, que le hemos querido aún en medio de tantas omisiones por nuestra parte. Quiere oír que sí, que él sabe que le queremos, como le respondió Pedro delante de sus compañeros. 

En fin, somos seres en relación, y si nos olvidamos de él, va a ser difícil vivir en familia. Solos nada podemos. Con él, todo.

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