Impureza y presencia de Dios

Incluso en esta vida hay cosas incompatibles. Este sería el caso del ver a Dios en las tareas del día a día y la impureza.
En una de las bienaventuranzas se expresa claramente: "Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios".
La limpieza de corazón se consigue cuando el don de entendimiento con la perfecta limpieza de alma y cuerpo. Queda claro cuando se expresa en el evangelio que no se puede servir a dos señores.
Esta disposición se logra por medio del sacramento de la confesión. Quizá este recurso sea el mejor regalo que Dios nos ha dejado en esta vida para recuperar la unión con Él. Es así como el alma, libre de las asperezas y espinas, se convierte en el lugar apto para hospedar al Señor.
Pero no podemos perder de vista la riqueza del amor divino de las tres personas. Duele mucho más la ofensa de quien quieres. Cuando alguien nos importa de veras la más pequeña insolencia se acusa en lo más íntimo. Imaginemos entonces un amor sin igual herido no solo con faltas menudas, sino con ofensas graves, una y otra vez.
Sin dejar de querernos acude a nuestra ayuda, y somos nosotros quienes nos separamos de él. Eso ocurre con la impureza. Nuestro amor revierte sobre uno mismo, y ciega todas las entradas a nuestra alma.
Ya nos podemos verle a él, y llora de alguna manera junto a su madre, María, la sin mancha, la oclusión a la gracia que limpia y perdona y construir, fuera de lamentaciones y recriminaciones una actitud más justa y generosa hacia quien es el señor de la vida, y nos ha creado para estar consigo por siempre.
Por eso debemos estar unidos y enseñar a los demás para seguir una conducta digna de Dios dando frutos de buenas obras, tal como nos enseña el apóstol de los gentiles.
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