La fe actúa a través del amor
La vida sin amor se convierte en un paraje desierto. Aunque el justo vive de la fe, sin embargo, creer en lo que no hemos visto nos obliga a sentir la presencia de quien es todo amor.
Jesús, en todas sus alocuciones y parábolas, nos deja ver su presencia amorosa en la manera de acercarse a quienes pasan por su lado aunque a él no lo vean y aunque no sepan siquiera de quien se trata. La hemorroísa oyó de su presencia y debido al gentío siguiendo a Jesús, se conformó con tocar la esquina de su manto y quedó curada. Lo mismo ocurría con los ciegos, sin verle, él salía en su camino y les curaba para que, ahora sí, vieran...
Nos puede suceder lo mismo muchas veces. Creemos, pero a la hora de la verdad nos salimos con la nuestra. El amor es un don y ese regalo no es apto en los escondidos vericuetos del alma. Se requiere de la paz interior, donde se fía del huésped que ocupa tanto cuanto le permitas.
Pero, ¿qué es el amor? El amor es él, quien te creó sin tu saberlo porque eras nada. Y el fuego del amor, conviene tenerlo en cuenta siempre, nos va a purificar luego en cada instancia de nuestra vida repleta de miserias, porque limpia más que las llamas del purgatorio.
Se requiere, claro está, del abandono. Dejarnos de mirar una y otra vez llevados por la soberbia del presumido o por el desánimo de quien se ha distanciado de su presencia por el pecado. Al detectar nuestro vacío podemos rogar su presencia en nuestra alma y nos llevará por el sendero que conduce a la gracia, y nos llenará de paz esa presencia sentida pero invisible. Si bien comenzaremos a subir los peldaños de la escalera de la santidad a base de las cosas pequeñas, lo único que somos capaces de hacer.
Es entonces cuando veremos la presencia del amor por donde actuará nuestra fe, y nos llenaremos de paz, esa paz que no se consigue con la eliminación del otro, por medio de la guerra. La guerra es lo opuesto al amor. Se impone pero convence a nadie.
La paz es la tranquilidad en el orden, y el desequilibrio mundial de nuestros días no consiste en alzarse sobre la figura del otro, sino, al contrario, en el servicio a quien lo necesita, como esos 60 mil marroquíes que han cruzado a la fuerza el camino en busca de un milagro capaz de entender la necesidad de amar a quienes se encuentran huyendo del vacío existencial de sus vidas.
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