El camino para encontrar a Dios

Enseña la confianza: Tesoro para la vida | TikTok

Eran los tiempos de estudiante universitario. Le comunicaron a este joven que Monseñor Escrivá de Balaguer iba a celebrar Misa en el campus de la Universidad de Navarra, donde él estudiaba, el 7 de octubre de 1967.

El campus estaba repleto de estudiantes  y de gente destacada en el mundo intelectual. Uno entre ellos era José María Pemán, escritor de categoría innegable. Había varios personajes más entre los asistentes.

Me dice este buen amigo que durante la homilía se clavó en una frase y ya no recuerda nada más: "Si no encontráis a Dios en las cosas ordinarias de cada día, no lo encontraréis nunca".

Han asado muchos años desde entonces y nunca se le ha olvidado la profunda sencillez de esta manifestación  tan al alcance de todos, que tiene consecuencias para la vida diaria, siempre, hasta el final. 

Encontrar a Dios es la melodía de fondo incluso para quienes no creen en él. Jugarse todo, la eternidad entera, a esta carta raya en la locura. La libertad, mal usada,  nos permite erigirnos hasta esos atisbos de omnipotencia falsa. Y podemos escuchar los lamentos del mismo Dios en esa conocida frase suya dicha a Teresa de Ávila: "Yo quise, Teresa, pero los hombres no han querido". 

Resulta difícil pensar que en el seno de una misma familia haya quienes hacen caso omiso de tal querencia, mientras otros ordenan su vida bajo el "hágase tu voluntad". Ocurre desde el principio. Satanás anda suelto y no deja en paz ni a nuestros primeros padres, ni a Cain. Tampoco a Esaú, el hermano de Jacob, hijos de Isaac. Parecían predestinados a ser fieles en sus quehaceres temporales, pero el enemigo perenne de Dios y del hombre no ceja en su sólo propósito de condenar al hombre a la confusión, apartándolo de la paz interior, y  del verdadero  camino a la felicidad. 

Dios no se esconde, pero hay que buscarle. 

Él se puede hacer presente de la manera más insospechada, como fue el caso de san Pablo en su camino a Damasco para conducir a Jerusalén  los primeros cristianos allí reunidos. Pero no suele ser esa la forma de actuar; suele preferir un ambiente de silencio. 

Sin embargo, sobre todas las cosas, él quiere que nos fiemos de su poder y de su amor. Un autor cuenta sobre la vida interior una comparación con los paracaidistas. Uno se debe lanzar al vacío esperando que las cuerdas del paracaídas se abrirán para amerizar con suavidad. Así ocurre con la vida interior. Uno debe abandonase y confiar en la presencia divina, algo difícil de conseguir si se atibórralos de seguridades temporales calculando hasta los más mínimos detalles. Así no funciona.

La confianza se manifiesta en la necesidad, cuyo remedio queda mucho más allá de las posibilidades personales. Esta confianza es necesaria, si bien no quita el fiase el hacer lo que se pueda humanamente a sabiendas de ue la empresa acometida está más allá de nuestras posibilidades.

Por eso, es realmente significativo que en la imagen del Señor de la Misericordia mostrada a la monja polaca Faustina Kowalska, se lea en la base la frase que resume todo lo que podamos decir sobre la intervención divina: "Jesús, en ti confío".







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