Medios oportunos para conseguir el fin propuesto

Lo primero que se nos ocurre es, si queremos conseguir el fin propuesto, es seguir la conciencia. Ella nos dicta si es propio o no actuar de esta manera, pero en seguida, surge delante de nosotros esta consideración. Seguir algo sin más, porque es un fin, nuestro fin, deja de lado la moralidad de tal postura; no porque algo así nos suceda significa que tal conducta es apropiada. Este debate se abre cuando J. G: Fichte, a finales del siglo XVIII, nos dice que "la conciencia nunca yerra" y que, además, nunca puede errar.
Esta postura sitúa al hombre en una especie de sabio semidiós pero ignora que la conciencia tiene veredictos que no son infalibles.
En primer lugar, cuando se tiene claro el fin a seguir, se deben poner los medios adecuados para lograrlo. Ver un fin y correr sin más a conseguirlo, es una locura de la que la historia esta llena. Asimismo, emplear los medios equivocados para conseguir el fin previsto da al traste con la mejor de las intenciones. De la misma manera, elegir un fin inadecuado nos lleva al desastre. Este sería el caso de las Guerras primera y segunda en Europa, propiciados por la lectura infantil de la Revolución francesa. Esta revolución se siembra bajo el slogan de "libertad, igualdad y fraternidad", pero una "libertad" entendida como a cada quien le parecía. Lo mismo sucedía con la "igualdad": se entendía bajo un prisma sin sentido sin relación con esa igualdad venía de la "filiación divina" desde la cual se podía intentar vivir la verdear fraternidad. Por eso, la I Gran Guerra quiso poner fin a tales demandas nacidas de la perversión del pensamiento, y la II Gran Guerra con la pretensión de disponerlo todo desde un único punto de vista guiado por la fuerza.
Pero uno de los problemas, quizá el mayor de los muchos otros forzados, consistía en la ausencia de Dios. Dios ya no existía porque así convenía a los planes de quienes encabezaban el poder. Se podría erigir en el rey del universo casi siempre, o siempre, por las malas.
Los medios son oportunos no por la conveniencia personal, sino por su moralidad e idoneidad para conseguir el fin propuesto. Las declaración de guerra so pena de quitar de en medio a quien no se someta al dictamen propuesto es esquivar el diálogo necesario para dar cuenta de los fines.
Es decir, la falta de sometimiento trajo millones de muertos inocentes en el transcurso de unos pocos años. Al final, el propulsor de tales violencias sin sentido y sin justificación alguna acabó quitándose la vida para no caer en las manos de la justicia. Claro está, después de esta vida, corta, hay la otra vida que dura para siempre.
El verdadero fin es la felicidad del hombre justo, cuya recompensa estriba en los méritos acumulados en la distribución del bien entre los semejantes. Mejor dicho, el merecimiento de la vida eterna no está en las manos del hombre; ha sido ganado por quien ha ganado la vida a la muerte y ha vencido al mal, al pecado. Es entonces cuando el hombre justo puede recibir lo que está preparado para quienes así se comportan desde el principio.
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