Palabra... (¿de honor?)
La Biblia consiste en una colección de libros antiguos, quizá de los más antiguos de nuestra civilización. Y en ellos se trata con profusión de la palabra, de grandes comunicaciones a los primeros hombres. Por tanto, no podemos pasar por alto estos documentos valiosísimos.
Comunicación. La cosa se hace palabra. Si no hubiera cosas enmudeceríamos porque no tendríamos nada que decir, al faltarnos el referente primordial de la palabra. Luego, el nacimiento de la palabra se alimenta de "cosas". Pero sin entender no hay palabra. Quien entiende, dice.
Por eso el silencio de Dios es impensable. Él es la palabra. Esto es así porque "todas las cosas son en él". Palabra y cosas coinciden: "el viento de Dios aleteaba por encima de las aguas" (Gen 1, 2). Y "Dijo Dios: 'Haya luz' y hubo luz" (Gen 1, 3). Las palabras se refieren a lo que ya es. Las cosas, todas, ya estaban en él. Él el la luz que ilumina a todas las cosas.
Nada es ex nihilo, entonces. El tiempo es el recurso de la historia. Las cosas que ya eran en Dios se hacen patentes. "Haya luz" equivale a decir: "manifiéstese la luz". Esa "luz" verdadera era la Palabra (Jn 1, 9). "Que ilumina a todo hombre viniendo a este mundo" (Jn 1, 9). En eso consistía "la vida" (Jn 1, 4): el despliegue de Dios en el mundo.
Estos pasajes del primer libro de la Biblia, el Génesis, y de las primeras líneas largamente pensadas y meditadas por san Juan para comenzar a narrar su Evangelio, nos vienen a decir que toda la creación consiste en la "manifestación" de Dios: los hombres, por ejemplo, "nacieron de Dios" (Jn 1, 13), porque la palabra "era la vida" (Jn 1, 3).
Por consiguiente, la palabra requiere de las cosas para ser dicha. No habría palabra sin cosas. Por eso, el fin de la palabra consiste en manifestar las cosas a las que se refiere. Es el tributo rendido a la realidad, a lo que es. En esto consiste la verdad. El genio de santa Teresa recomendaba en uno de sus "avisos", siguiendo esta línea. "Nunca afirme cosa sin saberla primero".
La mentira sería algo que no es, pero que se enuncia como si lo fuera. Se oculta, se desdibuja, se maquilla la realidad. Está hoy tan presente esta realidad desfigurada como para llamarse fake news a la información de nuestro tiempo.
La opinión oscila entre el ser y el no ser. Por eso se dice con temor. Este "temor" presente en la opinión da lugar a la humildad, del que sinceramente está a la "búsqueda" de la verdad. Opinión "positiva", si lo dicho se vislumbra como el resultado de indagar lo que parece real. Opinión "negativa" si lo dicho se desliza más hacia la zona oscura de la penumbra en el indagar el ser; hay luz, pero el decir se queda en la zona de oscuridad que nunca falta.
Para quienes recitan que crear es sacar algo de la nada (ex nihilo), habría que recordarles que estaríamos en la presencia de un eufemismo metafísico, una especie de opinión positiva sobre el ser. ¿Por qué? Porque "algo" y "nada" se excluyen por definición. No se puede sacar de donde no hay. Y no podemos aliarnos con el poder infinito para salir de nuestro atolladero. Como Dios todo lo puede, pensarían, puede sacar el ser de lo que no es: la nada.
En efecto, si sacamos algo de la nada, significa que ya había algo. Es decir, no podíamos estar ante la nada. Entonces, ¿qué se propone?
La propuesta es sencilla. Lo diremos sin temor. Ese "algo" obtenido ya era. Era de alguna manera. Un ser contenido. Un ser no expresado. Un ser en el ser.
Sólo podemos concebir el ser como proveniente del ser. Si llamamos Dios a ese ser primero, ese ser desde siempre, ya había concebido desde siempre los seres.
Dios no es un ser ocurrente. Dios es. Co todo lo que ello implica. Los seres creados son porque ya eran. De otra manera. Pero ya eran. En Dios no hay tiempo, no hay cambio. Él ya era entonces como es hoy. La dimensión temporal es un constreñimiento que nos impide pensar a lo divino.
Las cosas que ya eran desde siempre en Dios, aparecen en el tiempo un día. Pero, ya eran. los seres creados expresan un salto a lo temporal. Es una forma de explicar que las cosas tienen un principio...en el tiempo. Pero ya eran en el ser que las concibe desde siempre.
Por tanto, Dios es un ser necesario en la creación. No podemos acreditar a la nada con lo que es.
La palabra se refiere al ser, a lo que ya es. Si en el principio era la "palabra", según nos relata san Juan, esa palabra, siempre actual, en presente continuo, puede serlo por referencia a los seres que ya son. El pensar y el imaginar son nociones humanas que no ayudan a entender la realidad divina, aunque nos valemos de ellas para nuestros raciocinios.
Si Dios es desde siempre la palabra, y ésta se refiere al ser, entonces las cosas han sido, de alguna manera, desde el principio. Su eternidad viene dada por ser con Dios desde siempre. Por eso Dios se puede decir palabra porque tiene a qué referirse desde el principio.
San Pablo hace gala ante los efesios (1, 1-10) con sencillez, bendiciendo a Dios, "porque nos ha elegido en él, antes de la constitución del mundo". Nos ha "elegido en él". Es decir, puede Dios elegir porque ya éramos desde siempre, en él. Estábamos "predestinados" a ser porque ya éramos.
La palabra, entonces, para serlo precisa de un referente, del ser. De lo contrario, se convierte en expresión vacía. De ahí que la verdad y la palabra coexisten. Verdad es la adecuación a ese referente real al que se refiere alguien con la palabra.
Para nosotros, las cosas ya están ahí. La palabra puede decirse de muchas maneras, pero sólo a una se llama verdad. Por ejemplo, si el referente de la palabra es una idea posible se le puede llamar conjetura; referida a una idea imaginada o pensada, se le puede llamar ficción, más o menos alejada de la realidad si bien sugerida por ella; si la palabra se refiere a idea imposible entonces podemos llamarla entelequia, aunque tal nombre tiene toda una historia de referencias un tanto negativas.
De acuerdo con lo anterior, entenderemos enseguida que el fin de la comunicación es la verdad, aunque podemos informar de muchas otras maneras a quien escucha. De puede decir de muchas maneras, pero decir con verdad sólo de una: el sentido de algo.
"Jugar con las palabras" es divertido. De hecho, con lo que se juega es con su sentido. No nos referimos a la sinestesia, consistente en la habilidad, tan marcada en Rubén Darío, de sugerir con las palabras lo sensorial de lo que se refieren. Por ejemplo, "electrizante chispazo". También, se puede, como en poesía jugar con "cadencia" de la estructura sonora en diferentes clases de rimas, o jugar con el tempo de ritmos esperados o insólitos. Por ejemplo: "Yo que me la llevé al río/creyendo que era mozuela/pero tenía marido". Estos versos de Lorca, tan amigo de los colores y los ritmos propios de su talante y de la cultura de su tierra, se anublan y pierden el brillo usual para ganarlo en drama "inesperado" cuando describe su entorno sin luz color en Un poeta en Nueva York.
En fin, decir la verdad de los contenidos de las cosas, de los afectos y sentimientos, de los ensueños incluso, es lo que llamamos comunicación. Es como si tratáramos de contar la esencia de algo. Lo demás es divertirse. Es también una especie de ciencia de lo ordinario, lo de cada día, y de lo extraordinario, cuando acaece.
De esta manera, la intención de lo que quiere decir, marca la diferencia en todo lo que venimos diciendo. El hombre trata de decir con las palabras lo que algo es, lo que le pasa, lo que ha visto o experimentado, o bien, usando de las palabras como un ardid, trata de ocultar precisamente lo que algo es. En este último caso, entraríamos en el reino de lo que no es, de la mentira.
Estamos viendo así, el proceso de la palabra originaria que bebe, por decirlo de alguna manera, en lo que ya es de alguna manera en sí mismo, sin mediación de tiempo porque no existe tal dimensión ni espacio. Y la palabra dicha por el hombre al referirse a los seres que le rodean, aunque sean sólo pensados, en el tiempo y el espacio.
De aquí que el profesor de Leyes de la Universidad de Yale, Harold Laswell, pudo describir en 1948 el proceso de la comunicación: qué, dice quién, a quién, en qué circunstancias de lugar y tiempo.
Sin embargo, si bien la palabra en tanto dicha se delimita por las dimensiones de "espacio" y "tiempo", como cualquier otro fenómeno, el origen de la palabra, el qué nos devuelve graciosamente al misterio. Digo graciosamente porque no se puede desdeñar ese sello indeleble cuando el hombre va "en busca de sentido" (como diría nuestro amigo Viktor Frankl). Captar con la inteligencia (intus-legere) por medio de los sentidos lo que ahí está, lo que algo es, es un proceso en silencio, sin necesidad del recurso espacial ni el del tiempo.
¿Y qué significa todo esto? Sencillamente, nos encontramos ante la presencia de la libertad. Libre de ataduras espacio-temporales, el hombre se aboca a "descubrir" lo que le ha sido dado, lo que está ahí, para que, sin añadir ni sustraer nada (a excepción de las limitaciones personales que cada quien tiene), pueda llegar a conocer la verdad de las cosas, que siempre es su fin, un bien para él. Este ejercicio de la libertad sin cortapisas, es propio del caminar del hombre.
De modo que, el proceso de la comunicación se da en dos tramos: uno, silencioso, donde, al entender, se articula el qué y nace la palabra referida a lo real en el interior inviolable del quién, y el tramo con adecuaciones al espacio y al tiempo, es decir, la palabra dicha a alguien por algún medio.
La relación entre estos dos tramos viene a ser multiplicativa: cuando uno de los dos tramos equivale a "cero", como es el caso de un loro, el resultado como comunicación es "cero". Son muchos los animales que emiten sonidos y plagios de palabras dichas por otros, pero sin la cooperación de la inteligencia en el resultado final. Esta forma de ver la relación de los dos factores, interno y externo, no descarta la posibilidad de que exista un continuum intelectual, cuyos valores vayan de cero, o casi cero, a infinito. No se puede negar que los incluso seres ínfimos evalúan de alguna manera su entorno, si bien esa apreciación se considere "débil" comparada con la más "fuerte" de los seres racionales.
Nos inclinamos a pensar que la distinción no es de grado, sino de nivel. El hecho de que la percepción de uno mismo, el yo, no se dé en los animales "débiles" en su raciocinio, sitúa al hombre en un plano superior, más "fuerte" en su alcance intelectual que el resto. Es lo que el filósofo Charles Taylor llama "self interpreting animals". Nadie más puede hacer eso. Un delfín, por poner el ejemplo con un animal altamente social y con lo que parecería poseer una "inteligencia" (?) superior.
Sin duda, la complejidad del quién dice producirá una recepción distinta del ambiente y de las experiencias recogidas en su devenir. La presencia de la "memoria" en una "intelección" concreta de una cosa va disponer de muy diversa manera la "voluntad" hacia la cosa percibida. Incluso en el caso de las personas, la memoria suele sufrir alteraciones con la edad, y, por ende, en la relación de proximidad o lejanía con las cosas.
Esta lejanía o cercanía intelectual con las cosas define el conocimiento. Visto así, este fruto de la inteligencia sitúa al hombre frente a las cosas, bien como un extraño o como alguien próximo, como si casi formara parte de ellas o viceversa. Las actitudes tienen en la experiencia buena parte de su formación en la persona y se asientan como una "predisposición" hacia las cosas, con razón o sin ella. Las actitudes se relacionan más a menudo con la voluntad que con la inteligencia. A quien adopta, por ejemplo, una posición partidista en política, le va a resultar difícil cambiar incluso cuando se le presente información contraria a su preferencia.
Por tanto, esa especie de "caja negra", representada por la intimidad compleja del quién dice, no queda herméticamente cerrada, y ofrece manifestaciones pertinentes al sujeto, bien al demostrar sus afectos, su conocimiento de los hechos, sus disposiciones ante las cosas y la memoria de las mismas. De esta manera surge esa orientación al bien que todo hombre desarrolla en su vida.
Está claro que los hombres, dejados a su suerte o enfrentados, tienden a la muerte, a la destrucción del contrario. Les falta sin duda, la dimensión del amor. Así como el ser les ha sido dado por quien lo posee en su integridad, el amor, necesario, carente en las culturas de ayer y actuales, debe venir dado, como un don, por quien proveyó el ser.
Sólo el amor prevalece. La eternidad de Dios se explica solamente por un ser que es amor. Su esencia sería la de un ser-amante. Y el amor es "plural" por exigencia de la entrega. Se da entre personas que, al amarse engendran y de ese amor se da el ser-amor-procedente. Su ser es amar, y amar siendo.
Entonces, la orientación hacia las cosas se da, en primer lugar, porque son. Es una relación de verdad. Y simultáneamente, nace una relación afectiva hacia la realidad.
Preludio de la comunicación
De lo dicho hasta ahora, se desprenden una serie de postulados para el campo de la comunicación que pasamos a enumerar.
En primer lugar, el hombre, y sólo el hombre, puede hablar para referirse al ser, a las cosas que son.
Segundo, por esto mismo, el fin de la comunicación es la verdad.
Tercero, en el proceso entre percibir alguna cosa y decir de ella se gesta la palabra interior.
Cuarto, la palabra interior nace del concepto alumbrado en la inteligencia, el entender, a partir de las imágenes presentadas por los sentidos al intelecto agente.
Quinto, la palabra se refiere únicamente a las cosas, a la realidad. Aquí se trata de ser veraz, sin matizar lo que es de una determinada manera. La palabra no se refiere al público, no se trata de agradar o contrariar, sino a la cosa. Jonas Kaufmann, tenor alemán, tiene la finura de hablar sólo de lo que sabe, y se niega a cantar incluso en un idioma que desconoce: "Es fundamental saber lo que dices".
Sexto, la palabra interior se puede decir a sí mismo y a alguien.
Séptimo, el proceso de generación de la palabra interior, no se realiza en el silencio de la intimidad, y no requiere de espacio ni tiempo. El proceso es intelectual.
Octavo, la materialización de la palabra interior sí requiere de un aparato fonético adecuado para el trasvase de la palabra interior al espacio temporal. Puede haber animales con fisiologías aptas para emitir sonidos, pero carecen del "aparato conceptual": dirían sin saber. Desde Aristóteles llamaba la atención el dispositivo fonético de los delfines, pero no lograban emitir "palabras" entre sus múltiples sonidos. Les falta el sentido de las voces emitidas.
Noveno, la verdad se contrasta con la cosa, no con el receptor de la comunicación. La esencialidad de la comunicación consiste en este adaptarse a lo real. La adaptación al receptor viene en un segundo lugar, y el entendimiento depende de varios factores, tales como el idioma, la comprensión de los conceptos, la presencia de otros sonidos en eñ ambiente, y, también, de que se quiera escuchar lo dicho por el emisor.
Secuencia de la comunicación
La mejor de las comunicaciones se destruye si, en su momento final, no se escucha. Es el caso de las sentencias emitidas por Dios, personalmente, en el Sinaí. Los mandamientos vienen a duplicar por escrito la ley eterna inscrita en el corazón del hombre. Dada su importancia, la emisión de los trascendentes mandatos, comienza por el conocido "Shema", la palabra hebrea cuyo significado es: Escucha.
"Escucha" significa, en primer lugar, "guarda silencio" y participa del silencio original de la creación. El silencio de las galaxias no es una anomalía por falta de personal cualificado. Es la manera especial de manifestarse el creador. La grandeza de la creación se atisba a comprender mejor desde el silencio, que es una forma de comunicación, tal como ocurre en ese discurso entre la percepción de las cosas por medio de los sentidos, y la imagen creada para generar el concepto.
Incluso, en este punto, el hombre puede hablarse a sí mismo, sin ruido de palabras, en silencio.
Dios, la verdad misma, ha cerrado el ciclo del proceso de comunicación. Lo dicho en esos mandatos corresponde exactamente a lo que el hombre necesita, lo único necesario, para alcanzar su fin en la tierra. No hay desvío alguno entre esa palabra en el Sinaí y el fin del hombre. Es la auténtica verdad. Por eso todo el discurso conmina a escuchar. Si no se da esa variable, dependiente de la voluntad del hombre, todo el discurso, por ser esencial para quien lo recibe, representaría una gran pérdida. El silencio debería ser la respuesta ante esa ausencia en la comunicación; y el enmudecer, por respeto al receptor, la salida honorable de quien nada tiene que decir.
En efecto, en el caso de la comunicación, la palabra y la ética nacen trenzadas, no se puede dar una sin la otra. Sin comunicación no habría palabra; sin verdad, tampoco.
La libertad
Contrario al crecimiento continuo impulsado por la tecnología, sus cambios en las costumbres, en el trabajo y el trato social, la libertad se construye paso a paso. Cada decisión tomada por el hombre, supone un ejercicio de libertad, único, irrepetible. Sólo la inercia de la virtud o el vicio pueden alentar o distraer del fin propio a ese acto a punto de florecer. Quizá por eso el filósofo canadiense Charles Taylor apunta a ese "case to case" a la hora de ir definiendo la identidad de la persona.
"My identity is defined by the commitments and identifications which provide the frame or horizon within which I can try to determine from case to case what is good or valuable, or what ought to be done, or what I endorse or oppose" (Charles Taylor, Sources of the Self: The Making of the Modern Identity, Cambridge, MA: Harvard University Press, 1989, p. 27).
Dadas así las cosas, el progreso, tan añorado por tres siglos, se convierte en un deseo marchito para muchos, al enfrentar la propia cultura ancestral con otras formas de resolver problemas inmediatos, como en el caso de la salud de los emigrantes en centros de salud europeos, donde chocan los puntos de vista y aspiraciones de los inmigrantes con las prácticas de los modernos centros hospitalarios. Por ejemplo, ni hombres ni mujeres venidos de África o musulmanes, quieren ser asistidos por profesionales de la medicina de otro sexo. También los niños de estas familias, han contraído todas suerte de enfermedades en sus países, desconocidas completamente por los médicos de Europa. Mientras, las colas de pacientes se hacen eternas la no poder resolver pacíficamente estos problemas, donde muchas veces se ha llegado a la violencia.
La ciencia, epítome del saber occidental, debe acomodarse a la mentalidad de las personas en centros de acogida, provenientes de otros países y de otras culturas. Si bien, se necesita también la orientación a quienes ven la realidad de otra manera, para ceder en puntos que atentan contra el orden y la salud de quienes les ofrecen hospitalidad.
No te vayas palabra de mi boca con la excusa del silencio,
Porque el silencio es palabra.
Mira
el firmamento
y los bosques
nacidos todos de la palabra,
y el sonoro silencio de los claustros.
Recurrir al sonido
sin esencia deja
al decir de la palabra
y sin sentido queda.
Nace la palabra al clarear la vida
como testigo mudo
del vivir
sintiendo
en el silencio del claustro
materno,
la atadura al alimento
la fuente y movimiento
del corazón,
sin cesar,
continuo,
apagándose nunca.
Es ya el amor.
Porque el silencio es palabra.
Mira
el firmamento
y los bosques
nacidos todos de la palabra,
y el sonoro silencio de los claustros.
Recurrir al sonido
sin esencia deja
al decir de la palabra
y sin sentido queda.
Nace la palabra al clarear la vida
como testigo mudo
del vivir
sintiendo
en el silencio del claustro
materno,
la atadura al alimento
la fuente y movimiento
del corazón,
sin cesar,
continuo,
apagándose nunca.
Es ya el amor.
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