Qué quiere decir y cómo ser contemplativo en medio del mundo
Decir "ser contemplativo" suena a una actitud pasiva impropia de una persona involucrada en sus quehaceres cotidianos. Contemplar sería como detenerse en lo dispuesto en un horario de orden al comenzar el día, como llamar a un despido del trabajo por mezclar asuntos ajenos a las obligaciones estipuladas para cada jornada laboral.
Quizá, para entender esta sugerencia fuerte del llamado "santo de lo ordinario", se debe levantar la vista, la memoria, a quienes han sido y son ejemplos vivos de este deseo, un tanto olvidado en el siglo XX y en la actualidad. Se trata de las vidas de María y José, los padres de Jesús, muy ajenas a un vivir ensimismados durante su vida de trabajo. El mismo Jesús aprendió el oficio de "carpintero", como se le llama en palabras del mismo evangelio cuando se refieren al trabajo de Jesús, con ocasión de su vivita a su ciudad natal: ¿Acaso no es éste el hijo del carpintero?
Su asombro venía all verlo hablar e interpretar la Sagrada Escritura, algo radicalmente distinto de su quehacer diario trabajando con las manos. Lo mismo podríamos decir de su madre María. De las pocas menciones sobre su estilo de vida en el Evangelio llama la atención su presencia en las bodas de Caná, donde también acude Jesús acompañado de los primeros discípulos.
En un momento de la celebración de la boda, que solía durar varios días, demos como María se dirige a su hijo, diciéndole: No tienen vino.
Aquí han sucedido varias cosas. En primer lugar, María, como invitada a la celebración, se abstiene de quedarse en un lugar charlando con sus amigas, algo propio de unas mujeres que se han visto durante un tiempo. En segundo lugar, María no es una consumidora de vino, y por lo tanto, esta carencia de ese licor que anima las fiestas, sería más propia de uno de los señores encargados de tal menester, y de tener contentos a quienes asistían a la fiesta nupcial. En tercer lugar, y el punto a donde queríamos llegar, no es una mujer pasiva en una celebración que no es la suya; para darse cuenta de esta carencia, María estaría "ocupada" en ver si los detalles de la fiesta estaban propiamente considerados, y se da cuenta de la falta del preciado licor cuando se reúnen los invitados para festejar, una carencia imperdonable pues se disiparía el buen ambiente mantenido hasta entonces. Es María, no Jesús, ni tampoco ninguno de los encargados del servicio de los invitados se dan cuenta de la gravedad de esta falta.
La actitud vigilante de María nos da cuenta de su carácter activo, de servicio, al estar incluso en su estado de invitada, al pendiente del desarrollo de la fiesta. Pero, aquí no cesa su preocupación; por el contrario, quiere, sin causar problemas, remediar la situación de zozobra que amenaza reunión. Quiere solucionar el problema, no de cualquier manera, sino acudiendo a quien puede hacerlo aun sin saber cómo. Acude a su hijo quien, de forma tranquila le dice que ese asunto no es de su incumbencia. Se ve que María estaba acostumbrada, como verdadera madre, a solicitar favores a su hijo en los quehaceres del día a día. Aquí los evangelios omiten la "mirada" maternal de María a su hijo, quien, en principio, se desentiende del problema. Es entonces, cuando María dice a los encargados: "Haced lo que él os diga".
Su trabajo ha llegado a su fin. No descansa hasta conseguir de quien puede hacerlo que se remedie la situación tan estresante para los anfitriones.
Con este pequeño incidente se nos muestra que la contemplación en medio de la fiesta incluso es posible. María desde su lugar de invitada no pierde vista, contempla, lo que está sucediendo y cómo acude a quien puede resolver el problema.
Al ser contemplativo no se pierde de vista el trabajo llevado entre manos. Por el contrario, debido a su importancia --todo quehacer la tiene, con independencia de su aparente destacar en lo más destacado-- se descubren aspectos que pasan desapercibidos para quienes se ocupan de lo más sobresaliente.
En fin, María y José, fueron en medio de su trabajo almas contemplativas, capaces de encontrar a Dios en las cosas más pequeñas de cada día, como recordar san Josemaría en su homilía en el campus de la Universidad de Navarra el 8 de octubre del año de 1967.
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